Trabajar con ficheros › De la ventana al fichero · 6 min de lectura
De que la extensión elija el intérprete salen tres consecuencias que se usan todos los días. Dos sirven y una rompe cosas.
Una: renombrar la extensión cambia el intérprete, no el contenido.
Es exactamente el truco del .docx a .zip. No transformás nada, sólo le pedís
a otro programa que lo mire.
Dos, y es la que rompe cosas: ponerle .pdf a una foto no la convierte en
PDF.
La etiqueta miente, el lector de PDF abre eso esperando un PDF, no encuentra lo que espera y tira un error raro.
Convertir no es renombrar. Convertir es generar un archivo nuevo con otros bits adentro.
Tres: como la extensión es la que manda, conviene verla.
Windows las esconde por defecto, y por eso mucha gente convive con archivos cuyo tipo no puede ver.
En el Explorador de archivos: Ver → Mostrar → Extensiones de nombre de archivo (en Windows 10, la pestaña Vista y la casilla del mismo nombre). Activalo hoy y no lo apagues más.
Un dato que sorprende. Los .docx, .xlsx y .pptx son, por dentro, un
.zip con archivos de texto adentro. Literalmente: renombrá un .docx a .zip,
abrilo con el descompresor de siempre, y ahí está el texto.
Pero desde afuera se comportan como binarios: no los podés leer de un vistazo ni comparar dos versiones. Cuentan como binarios para todo lo práctico.
Tenés una foto y le cambiás el nombre de foto.jpg a foto.pdf. ¿Qué pasa?
Convertir es generar un archivo nuevo con otros bits adentro.
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